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jueves, 19 de marzo de 2009

De Slumdog Millionarie al Caballero Oscuro

Anoche pude ver al fin la película ganadora del Oscar. Sí, Slumdog Millionaire, y me pareció fabulosa, entretenida y creo yo típica película que trata de llenarte y emocionarte con la pobreza del país, sintiéndote cómplice de su desgracia y feliz de su gracia. Salí con ese gustillo que te da al ver una peli buena. Pero, me quedo con El curioso Caso de Benjamin Button, denodada y olvidada en los Oscar.Para mí, la mejor. No sé yo qué piensas tú.






Sintiendo alergia hacia la estética del videoclip y la contaminación que ha provocado en el cine el universo publicitario, factores muy arraigados en la expresividad de Danny Boyle, pocas películas me han descrito con tanto desgarro, veracidad y estilo las esencias, mecánica, goces e infiernos del inframundo del caballo (la otra sería Drugstore cowboy) como Trainspotting. Esa identificable y poderosa capacidad narrativa también le sirvió para crear zozobra y miedo en el espectador ante los depredadores zombis de 28 días después. Boyle, director tan poco acomodaticio como arriesgado, con afición al cambio de género, se embarcó con Slumdog millionaire en una aventura tan exótica como retratar la patética supervivencia de los más tirados, de niños callejeros, explotados y masacrados, con ínfimas posibilidades de futuro, en una ciudad tan dura como Bombay.



Danny Boyle logra inyectar vitalismo a la sordidez en 'Slumdog millionaire'
Y el complicado experimento en un universo que le era ajeno le ha salido muy bien a este inglés tan destroyer. Sin rasgos de impostura ni de antropólogo cultivado, haciendo auténtica, desesperada, emocionante, tierna y cercana a una fauna de la que los occidentales sólo teníamos espeluznantes noticias a través de los concienciados documentales sobre la miseria extrema.



Los personajes, el ambiente y los rituales de sufrimiento que padecen esos críos forzosamente buscavidas podrían ser exclusivamente una taxidermia del horror tercermundista, pero Boyle logra inyectarle vitalismo a la sordidez, combinar luces y sombras, dotar de autenticidad al costumbrismo, implicar al receptor de cualquier parte en esta historia de tinieblas y redención, de amores infantiles que perduran a pesar de los destrozos emocionales que causa el paso del tiempo en circunstancias permanentemente sombrías. Y sales contento del cine después de haber observado la tragedia de los desvalidos, con ganas de acompañar cantando y bailando a sus protagonistas en esos encantadores y postreros títulos de crédito en la estación de tren. Es una película osada y atípica, paradójicamente enaltecedora y bonita, ya que casi todo invita al espanto en la realidad que describe. Esta crónica del miserabilismo respira alegría.



Reconociendo los múltiples méritos de la película que ha arrasado en los Oscar, lamento profundamente que la compleja y emocionante El curioso caso de Benjamin Button (con ella sólo existe el amor o el rechazo) y su fascinante exploración del tiempo y del amor, se haya quedado a dos velas. David Fincher, ese señor tan inteligente, inquietante y duro se ha atrevido a mostrarnos por primera vez su vena lírica. Con resultado admirable aunque le hayan negado el reconocimiento oficial.



Nada que objetar al Oscar a Sean Penn, actor siempre eminente, pero su irreprochable composición del mártir gay Harvey Milk huele plano a plano a obligatorio galardón. Tengo la sensación de que me la sé desde el principio. Algo que no me ocurre con el sorprendente y formidable Frank Langella ofreciendo un turbador retrato del tramposo, atormentado y derrotado Richard Nixon en El desafío.



Hace mucho tiempo que el infinito talento y el camaleonismo con causa de esa actriz tan joven como insólita llamada Kate Winslet se merecía el Oscar. Ella es lo único que posee latido, matices y turbación en la académica y fría El lector, adaptación epidérmica de una novela excepcional que te despierta todo lo contrario. Y no se entiende que no la nominaran por su escalofriante trabajo en Revolutionary Road, una película que sí está a la altura artística del material literario, de la lucidez, la mordacidad y el sentido trágico de ese escritor demoledor llamado Richard Yates.



A diferencia de en sus memorables creaciones en La niña de tus ojos y Volver (interpretaciones magistrales de una actriz irregular que necesita papeles con carne y alma y gente que la sepa dirigir), donde Penélope Cruz disponía de absoluto protagonismo, en Vicky Cristina Barcelona tiene pocas secuencias para demostrar su gracia y su frescura, pero las aprovecha inmejorablemente. Está brillante, neurótica, creíble, sensual, tragicómica, muy divertida. Ojalá que se tope frecuentemente con directores como Trueba, Almodóvar y Allen. Ella lo borda cuando lo que le ofrecen tiene vida.



El Oscar no le va a servir de nada al difunto Heath Ledger, pero es justo que hayan reconocido la perversa personalidad que su rostro deformado y su necesario histrionismo han aportado al incendiario Joker, a la incansable pesadilla del Orden en esa exhibición de gran cine titulada El caballero oscuro.



Los Oscar vuelven a demostrar que el talento no está en crisis. Lanzan a la famélica cartelera una docena de películas que otorgan sentido a ese placer incomparable consistente en ir al cine.

Carlos Boyero

domingo, 1 de febrero de 2009

Revolutionary Road

Era sábado, y como casi todos los sábados mis ganas de ir al cine crece. Pues, fue sábado y fui. Ya en el camino, mi desición por ver una de la tres películas que tenía en mente, hacía que mi cabeza empezara a estallar, no, miento, lo cierto es que estaba hecho un lío, la primera de las tres era "Revolutionary Road" y ésta, como elegida, no me decepcionó. Esta película me enamoró desde el principio y a decir verdad, quise hacer un comentario honesto de este film, pero no pude, por eso, para ser más acertado les dejo la crítica de uno que se dedica a ello, Carlos Boyero, que por cierto le escucho todos los viernes en "Hoy por Hoy" en la Cadena Ser y al otro, no le conozco, pero vi interesante su crítica.

Carlos Boyero en el País:

Alan Ball, ese ingenio tan negro como potente, creador y alma de la turbadora serie A dos metros bajo tierra, colocó hace 10 años en manos de Sam Mendes, un señor inglés con prestigiosa huella en el teatro pero virgen en el cine, el brillante y ácido guión de la tragicómica American beauty, retrato de sueños incumplidos, excentricidades con causa, violencia reprimida y subterráneas o transparentes perversiones de la clase media estadounidense, habitantes de barrios residenciales en los que se supone que cada cosa está en su sitio, colmenas selectas y protegidas de los tormentos psíquicos y de la incertidumbre existencial por la estabilidad económica y el estatus social que han conseguido con esfuerzo o con naturalidad, gente en paz con el sistema.



No es casual que vuelvan a entregarle a Mendes un material en aquella onda, la adaptación al cine de una venerada novela de Richard Yates que habla de la insatisfacción cotidiana y los íntimos y lacerantes anhelos de algunos representantes modélicos del aparente "todo va bien". Pero en Revolutionary road, a diferencia de American beauty, no hay sátira, no hay esperpento sobre las miserias en ebullición, no hay motivos para la risa sarcástica observando y escuchando la repentina y volcánica transgresión de los que habían construido su vida intentando estar de acuerdo con ella y ateniéndose a las reglas sociales. Aquí sólo hay tragedia de primera clase, desolación al comprobar que las vías de escape están selladas, que el sueño de que la deseada vida puede estar en otra parte y la necesidad de huir de lo establecido no son suficientes para abandonar lo que has almacenado, para prescindir de la seguridad, los confortables hábitos, la asumida mediocridad, el "nunca pasa nada" y enfrentarte al riesgo y la intemperie que puede implicar la aventura, la búsqueda de lo que asocias a la plenitud.



El esfuerzo de este matrimonio que se propone avanzar por territorios inexplorados para que su amor no se oxide, luchar contra la resignación al hastío, cambiar en los años cincuenta los roles tradicionales de una pareja clásica, pillar el último tren de las ilusiones, poner en práctica lo que desea el alma y la prosaica realidad desaconseja, está descrito con sensibilidad y hondura, piedad y capacidad de conmoción. Sam Mendes te hace sentir su crisis, sus dudas, su miedo, su desencanto, su definitiva incomunicación y su derrota. No puedes sentirte ajeno a este drama sobre la claudicación. Yo, al menos, me quedo pegado en la butaca hasta que terminan los títulos de crédito, con la sensación de que lo que te han contado sobre esa gente es de verdad, hipnotizado por el sombrío olor de la depresión que renuncia al llanto, una depresión que se ha hecho muda.

Y te conmueve la intensidad y la veracidad del excelente DiCaprio y de una Kate Winslet que está más allá del elogio transmitiéndote humanidad, el ansia de eso tan problemático y huidizo llamado felicidad.


Aquí, la crítica en "La Butaca.net"

“Revolutionary Road”: El otro naufragio
Escrito por Miguel A. Delgado el 27.01.09 a las 20:45
Archivado en: Críticas

Imaginemos que la pareja protagonista de “Titanic” hubiese sobrevivido al hundimiento. ¿Qué habría sido de su visión romántica de un futuro juntos? El impulso arrebatador que apuraron en el escaso tiempo del que dispusieron en el más lujoso transatlántico de todos los tiempos, ¿hubiera resistido el embate de la necesidad de ingresar en la rutina, de tener una casa bonita en una buena zona residencial, de los hijos…?



Aunque no esté relacionada para nada con la película de James Cameron que lanzó a un estrellato, por otro lado problemático, a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet (ni por época, por supuesto, y tampoco por estilo cinematográfico), “Revolutionary Road” sí que nos apunta una respuesta a esas preguntas: no. Ninguna pareja puede atravesar la prueba de fuego del matrimonio burgués y pretender seguir aferrada a sueños inmaduros de libertad, de creación, de buscarse una existencia que no pase, obligatoriamente, por el fichar a horas fijas (en el caso de él), y de mantener impoluta una casa donde recibir a las vecinas a tomar el café y criar unos niños que, a ser posible, se lleven los mayores elogios de esas mismas vecinas (en el caso de ella). O al menos, en la América de los 50, la que surgió de la Segunda Guerra Mundial como una superpotencia a admirar, y que hizo del orden social uno de sus pilares.

Pero, aplicando el microscopio a ese mosaico de hombres y mujeres vestidos casi con uniforme (resulta soberbia la secuencia del viaje en tren del personaje de DiCaprio hasta su trabajo, confundido entre una masa gris de hombres vestidos de la misma manera, entre los que apenas se ve alguna que otra silueta femenina), lo que Sam Mendes viene a decirnos (como antes nos dijera Richard Yates en su novela homónima): que el precio a pagar es asfixiar los sueños, las ilusiones, la ilusión de un control de la vida… Con un caldo de cultivo así, no es extraño que paranoias como la caza de brujas encontraran un terreno abonado.



Pero nada de ello sería posible sin la prodigiosa interpretación de la pareja protagonista. Sin maniqueísmos, sin fáciles juicios de uno u otro lado, podremos simpatizar con la postura de cualquiera de ellos, pero en todo caso entenderemos los motivos de los dos, porque estamos ante retratos humanos, no fáciles caricaturas de un solo trazo. Contemplamos desde un lugar privilegiado, e incluso con la incomodidad del voyeur que lo es a su pesar, el hundimiento de una pareja envidiada por lo que, en el fondo, nadie sabe exactamente por qué: por guapos, por padres, por trabajadores, por simpáticos, por razonablemente excéntricos… por ser igual que los demás pero, al menos, llevarlo con estilo.



Leonardo DiCaprio vuelve a demostrar el inmenso actor que es regalándonos un personaje dubitativo y muy pegado a la tierra, alejado de sus últimas entregas como duro con corazón. Y la que raya el cielo es una hermosísima Kate Winslet que da la vuelta a las tornas de la película de Cameron: aquí, es ella la que naufraga ante nuestras narices, en un hundimiento psicológico que la aleja de los demás pero que, milagrosamente, sabe mantener un resquicio para que nuestra mirada curiosa pueda asomarse a su alma resquebrajada. Y no hace falta decir que los momentos para la memoria salpican una cinta que es, sin lugar a dudas, la mejor de Sam Mendes. Ante una joya así, ¿qué importa que la película tenga hechuras clásicas? Eso, en nuestros días, ya de por sí es una extrañeza (como ocurría con la reciente “El intercambio”, de Clint Eastwood), pero, si uno mira con lupa, verá que en realidad es como los Wheeler: especial en un mar de lugares comunes. O, quizá, como nosotros. Y además, tiene uno de los planos finales más magistrales que hayamos visto en mucho tiempo.

lunes, 11 de agosto de 2008

Cine Asiático


Chan-Wook Park

Es un director de cine coreano, nacido el 23 de agosto de 1963. Graduado del departamento de Filosofía de la Universidad de Sogang, inició su carrera cinematográfica como ayudante del director Jae-young Gwak en la película A Sketch of a Rainy Day (1988). En 1992 escribió y dirigió su primera película Moon is the Sun's Dream, seguida de Saminjo (Trío) en 1997 y Simpan (Judgment) en 1999. Ninguna de estas películas tuvieron mucho éxito comercial o de crítica, hasta que estrenó Gongdong gyeongbi guyeok JSA (Joint Security Area) en 2000. JSA es una de la películas más taquilleras de la historia de Corea del Sur y su éxito catapultó a Park rápidamente al estrellato. Luego inició la "trilogía de la venganza", con Boksuneun naui geot (Sympathy for Mr. Vengueance) en 2002, seguido con la maravillosa Oldboy de 2003, ganadora del gran premio del jurado del Festival de Cannes de 2004. La trilogía termina con Chinjeolhan geumjassi (Sympathy for Lady Vengueance) de 2005.

Soy un Cyborg, se ha convertido en un referente del cine coreano en todo el mundo. Es toda una caja de sorpresas, una historia de amor entre dos jóvenes pacientes de un psiquiátrico: la chica piensa que es un robot y el chico es cleptómano. Muy poco apostaban por su distribución, no porque sea mala, que en absoluto lo es, sino porque es el tipo de películas que sólo se presenta en festivales.

Yeong-gun oye voces en su cabeza y se engancha a toda toma de corriente que ve. Sólo habla con objetos mecánicos, como máquinas expendedoras y se niega a comer porque los robots no comen. Ella, supuestamente se recarga lamiendo baterías eléctricas. Il-sol es un delincuente y tiene que estar en el centro cuatro años por robar, cosa que no puede evitar. Los dos desarrollan un sentimiento de amor y de protección mutuo. La cinta se construye a partir de un gran número de incidentes y presenta a un gran número de reclusos, así como flashbacks de las vidas anteriores de los protagonistas. Puede parecer una película un poco friki, pero va mucho más allá. Su fotografía está muy estudiada, y ha sido rodada por completo en un estudio, y la música desempeña un papel muy importante. El resultado es muy estimulante y es la primera vez que en el cine coreano se utiliza una cámara Viper Film Stream. La cinta ha estado nominada al Oso de oro en la pasada Berlinale. Bella, emotiva y divertida. Una agradable sorpresa.






Vídeo

domingo, 13 de julio de 2008

Las imperdibles en el Séptimo Arte

Cinema Paradiso:

La película es un largo homenaje al género cinematrográfico. En un largo flashback narra la historia de un respetado director de cine (Salvatore, interpretado por Jacques Perrin) que vuelve a su antiguo pueblo siciliano para acudir al funeral de su viejo amigo Alfredo (interpretado por Philipe Noiret), el antiguo proyeccionista del cine Nuovo Cinema Paradiso y también artífice de su pasión por el cine en su infancia y juventud. La película constituye un retrato sentimental de la Italia de la posguerra y una declaración de amor al cine.



Hierro 3:

Tae-suk es un indigente que lleva una vida espectral. Ocupa temporalmente viviendas cuyos habitantes sabe que están ausentes. No roba ni ocasiona daños en los hogares de sus involuntarios anfitriones. En realidad, es una especie de fantasma que duerme en camas ajenas, come algo de las neveras de esos extraños y retribuye su forzada hospitalidad haciendo la colada o arreglando alguna que otra avería doméstica. Sun-hwa, que en tiempos fue una hermosa modelo, se ha visto convertida en una sombra viviente por un marido que la maltrata, encerrándola en una casa ostentosa. El destino cruza los caminos de Tae-suk y Sun-hwa, aunque sus existencias están abocadas a no dejar huella en el mundo. Se conocen cuando Tae-suk entra en casa de Sun-hwa, y en seguida saben que son almas gemelas. Como si estuvieran unidos por vínculos invisibles, descubren que no pueden separarse y aceptan en silencio su nuevo y extraño destino.






Amelie:

Al principio una voz en off narra la niñez de Amélie, que creció aislada del resto de los niños por decisión de su padre, debido a su equivocada creencia de que ella sufría problemas cardiacos (equivocado pues cada vez que él le hacía un chequeo médico en casa, el corazón de Amélie se disparaba simplemente por el contacto físico con su padre). Éste hecho, junto con el ambiente tenso que imperaba en su casa debido también a la naturaleza inestable y nerviosa de su madre, y sobre todo por la trágica muerte de ésta al caérsele encima una turista suicida que se lanzó al vacío desde lo alto de la iglesia de Notre Dame, lo que agudizó las tendencias antisociales de su padre, hacen que la niña desarrolle una inusual y activa imaginación. Como se cita textualmente en la película, “en tal casa de la muerte, Amélie crece y prefiere soñar hasta que llegue el día de partir”.


sábado, 12 de julio de 2008

Akira Kurosawa


Conocido como "El emperador del cine", Akira Kurosawa nació en 1910 y fue el menor de los siete hijos de un oficial descendiente de samurais y de una mujer perteneciente a una familia de comerciantes en Omori, Tokio. Estudió bellas artes, pero el temor de no ser un buen pintor y su interés por el cine lo llevaron en 1936 a trabajar en los estudios cinematográficos Toho en Tokio, primero como ayudante del director Kairo Yamamoto y luego como guionista de distintos realizadores.

Debutó como director durante la Segunda Guerra Mundial con La leyenda del gran judo (1943) y La nueva leyenda del gran judo (Zoku sugata sanshiro, 1945), historias llenas de espíritu nacionalista. En la segunda mitad de la década de los cuarenta realizó siete películas, entre estas destacan: No añoro mi juventud (Waga seishum ni kuinashi, 1946) y Un domingo maravilloso (Subarashiki nichiyobi, 1947), sólidos dramas, pero sobresale El Ángel borracho (Yoidore tenshi, 1948), la trama enfrenta a un médico alcohólico y a un gángster tuberculoso y fue la primera de su larga serie de colaboraciones con el famoso actor Toshiro Mifune, y además rodó El perro rabioso (Nora inu, 1949), un triller policiaco donde ofreció una visión neorrealista del Tokio de la postguerra.

Se dio a conocer internacionalmente con Rashomon (1950), cinta que trata sobre distintos puntos de vista acerca de una violación ocurrida en el siglo XI, y por la que resultó ganador del León de Oro de la Muestra de Venecia y del Oscar a la mejor producción extranjera en 1951. El éxito obtenido con Rashomon, le permitió rodar con total libertad: El idiota (Hakuchi, 1951), adaptación del clásico de Fiodor Dostoievski; Vivir (Ikiru, 1952) sobre la vida de un funcionario con cáncer; Los siete samuráis (Shishinin no Samura, 1954), historia de época con la cual gana nuevamente el León de Oro de la Muestra de Venecia; Los bajos fondos (Donzoko, 1954), versión de la obra homónima de Máximo Gorki; El trono de sangre (Kumonosu-jo, 1957), adaptación de Macbeth, de William Shakespeare; La fortaleza escondida (Kakushi toride no san Akunin, 1958) historia de época; El mercenario (Yojimbo, 1961), relato de samuráis, y El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), adaptación de una novela policiaca del especialista norteamericano Ed McBain.

Tras el fracaso comercial de Barba roja (Aka Hige, 1965), producción histórica sobre la vida de un médico, tardó cinco años en filmar El camino de la vida (Dodes ka-den, 1970), su primer trabajo en color, que consiste en una dura parábola sobre la otra cara del desarrollo económico. A pesar de que se trató de un gran cinta, el fracaso comercial propició que el famoso realizador no encontrara productores para sus siguientes proyectos, asunto que lo sumergió en una profunda depresión y lo llevó a un intento de suicidio. Cinco años después gracias al apoyo de la entonces Unión Soviética consiguió financiamiento para rodar Dersu Uzala, y llevar así a la pantalla las memorias del explorador Vladimir Arseniev.

Dersu Uzala, fue un éxito inesperado, una película reconocida entre sus mejores trabajos y con la cual ganó el gran premio del Festival de Moscú y el Oscar a la mejor película extranjera en 1975.

En 1980 recibió el Oscar por su trayectoria y filmó, Kagemusha con la ayuda de George Lucas y Francis Ford Coppola, recibiendo por esta cinta la Palma de Oro del Festival de Cannes. En 1984 filma Ran, nuevamente una adaptación de Shakespeare, al realizar la versión cinematográfica de El rey Lear. En 1990 comienza el rodaje de Los sueños de Akira Kurosawa, con la producción de George Lucas y Steven Spielberg.

Sus dos últimos trabajos fueron Rapsodia en agosto (1991) y Madayayo (1993) cintas que a su muerte, ocurrida el 6 de septiembre de 1998, mientras dormía, aún no habían sido proyectadas.

Pero como así el gran Akira Kurosawa, tomó historias de otros grandes autores para realizar sus películas, de él tomaron otras tantas para basar películas o series de éxito. Una de las películas a la que hago referencia es "Los siete Samurais". Vemaos:



Los Siete Samurais




Los 7 Magníficos




Samurai 7




A Bug's Life (Bichos)




A - Team (El Equipo A)

lunes, 7 de julio de 2008

Cinema Paradiso

Qué decir, si todo está casi dicho de esta película. Y más de la última que es la mejor de las tres. Pues lo vi sentado cómodamente en Kinépolis, esas multi, multi y repito, multisalas tan espectaculares como no los hay. ¿Qué peloteo verdad? Bueno, es cierto, para muestra:




Y allí mismo disfruté de esta genial película dirigida por Peter Jackson y un elenco como no los habrá nunca, (la emoción me invade)bueno, casi nunca.
¡¡¡Señores, decidme, cuál es vuestra película favorita!!!, ¡Os Ordeno! La mía, ya la sabéis.
Aunque pensándolo bien, las mías son muchas, empezando por el título de esta "Entrada" del gran Giussepe Tornatore. Pronto haré una lista de las pelis a las que recurro siempre. Un saludo.


domingo, 6 de julio de 2008

El Abismo de Helm

Ya en Madrid, y aún con el miedo en el cuerpo, poco a poco me fui adaptando a esta gran ciudad y conociendo todo recoveco Literario y Cinéfilo. Enormes salas, grandes pantallas, cómodas butacas uf, todo un descubrimiento. Quizá en Perú, la comodidad la encontraría viajando hasta Lima. Dicen que allí hay salas grandes. De esto hace más de cinco años por cierto... y en Trujillo aún no lo había como lo hay hoy por hoy, salas preciosas y un sonido espectacular. Ay mi Trujillo. Bueno, esa última película que vi antes de venir para Madrid, vivir en el centro de ella, luego trasladarme a otra calle y por último venirme hasta Torrejón de Ardoz y estar sentado aquí escribiendo esto en mi Blog, desde un piso, con este ordenador y este calor de los cojones, pues me vi en la necesidad imperiosa de continuar con la saga estupenda de Sir. J.R.R. Tolkien. Y cual fue mi sorpresa al verla: no me decepcionó para nada, la tensión, la emoción, "las batallas", la gracia, todo; como dicen que las segundas partes son decepcionantes... "El Señor de los Anillos" - Las dos Torres, no lo fue.


sábado, 5 de julio de 2008

El Pony Pisador

Desde hace mucho, el cine me ha atrapado como a casi todos los mortales. No había fin de semana que no sintiera esa necesidad de escaparme al Cine, pero siempre hubo dos obstáculos en mi vida cinéfila:

1.- Como casi todo hijo de pueblo, nunca andábamos dinero en el bolsillo para el Cine.

2.- En mi pueblo hubo un Cine en el cual sólo utilicé para participar en diferentes actuaciones del cole. Desde hacía tiempo no funcionaba...

Ya en Trujillo (Perú), allí sólo satisfacía esa necesidad muy de vez en cuando. Allí, recuerdo haber visto mi última película en los Cines Primavera, claro, antes de ser vendida (no estoy seguro) y remodelada para bien nuestro y el de los dueños, y convertirse a dos años de mi exilio del Perú, en los "multicines Primavera". Pues aquella película se llamaba: "The Lord of de Ring", si señores, la grande y estupenda "El Señor de los Anillos" - La Comunidad del Anillo.


Oh, Capitán, mi Capitán...

Escena del Club de los Poetas Muertos

Una de las mejores Películas de los últimos tiempos... Oh Capitán, mi Capitán...